Ciegos iluminados

14/12/2024, Luis Sánchez-Feijoo López

La materia prima de Dios es la luz, que es como el Señor hace las cosas; pero todas las luces son diferentes y sin embargo todas son familiares, viejas conocidas, sonrisas acostumbradas a responder a la sonrisa de uno. La extraña luz que envuelve a un ciego es la que queda siempre en los lugares donde se mostró la mano de Dios, la sonriente luz generada por su derramada sonrisa que yendo por el aire cae un poco más allá en la tierra en forma de lirios y rosas. ¿Acaso hay perla más hermosa que una de esas confiadas sonrisas de invidente, mezclada con la luz mojada que llega del mar.

Coloración ocular

El color de los ojos no es importante puesto que si parecen bellos lo son por la persona que los luce, es decir, las personas son bellas independiente del color o los colores de sus ojos ya que se llevan los mismos ojos al amor que a la guerra.

¿Por qué las hadas más hermosas tienen los ojos de color violeta? Porque los apasionados enamorados que veían a las hadas —las encontraban bellísimas— veían ese color robado a las vincas en los ojos de ellas. También es cierto que las primeras mujeres que vinieron a Europa desde Antioquía —en los días de las Cruzadas— todas tenían los ojos del color de la vincapervinca.

Las muchachas hebreas, de la asombrada raza de la Revelación, con sus grandes ojos —islas oscuras y profundas desde cuyas simas emana un mirar sin orillas— no por ello son todas bellas pues basta con comparar a la fétida Lilit o a la adúltera nuera de Noé —esposa de Cam y cuyo nombre desconozco— con la deseada Betsabee o la voluptuosa Salomé.

Los ojos azules pudieran originarse porque un poco de cielo se posase en ellos a la hora de abrirlos y destilan tanta intensidad en la mirada que es como preguntarse por qué lo mirado no se vuelve de ese color.

Era una mujer con unos ojos azules como nunca habían sido vistos en la región, y la gente buscaba la ocasión para admirarlos. Se llegó a considerar que sus ojos azules portaban el bien por lo que comenzaron a acudir junto a ella con sus hijos enfermos para que los acariciase con su serena mirada, y muchos niños curaban del cuerpo y del alma. Los ángeles siempre tienen los ojos azules de tanto ir y venir volando por los cielos.

La calma mirada de la mujer amada cuyos ojos verdes al detenerse sobre el amado es como si dos mariposas Gonepteryx rhamni se posasen en su corazón. Ojos verdes de los que ponen en el aire colinas cubiertas de hierba fresca para que vayan los héroes vivos y los muertos —héroes no por valientes sino por únicos—. Una grande y bella rana de enormes ojos verdes era un pequeño y feo príncipe encantado quien cuando se deshizo del embrujo siguió siendo una birria de hombre, pero con ojos a semejanza de dos esmeraldas perdidas en la nieve.

Un caso de ojos de distintos colores —citado en el Calixtino— es el del peregrino que tenía un ojo blanco y el otro negro, usando uno durante el día y el otro durante la noche; en el Códice no se aclara cuál de ellos usaba en su continuado andar. Otro caso cuasi análogo es el del rey que tenía un juego de ojos de cristal claro para el invierno y otro juego de cristal oscuro para el verano; se cuenta que estaba ahorrando para comprar los juegos de otoño y de primavera, pero no llegó a ahorrar para ellos —no debía de tener buena vista para los negocios del reino.

La dulce mirada de los ojos claros, de esos ojos brilladores y amigos que miran talmente como si una mano te acariciase. Ese color de ojos del que se dice les queda a los que contemplan la realización de un milagro y en los que la claridad es tal que se puede ver en ellos si la marea está subiendo. En las cantigas de amigo los enamorados trovadores buscan la luz de los ojos de su amiga —esos pequeños soles que se abren asombrados— las cuales bien podían presumir de ello ya que valían una ciudad, y digo poco, ¡un reino!

Hubo algunos cuyos ojos proyectaban una extraña luz de modo que hacia donde miraban se veía un pequeño círculo iluminando las cosas que deseaban ver; eran como si los ojos fueran a la vez linternas que permitían la visión en la oscuridad.

 

Miradas

Los ojos se utilizan para echar miradas de todo tipo: sensuales, asombradas, tiernas, amorosas, apasionadas, cálidas, frías, asesinas, lánguidas, alegres, tristes, llenas, vacías, limpias, turbias… y así, más de setenta veces siete. Hay tantas miradas que los poetas y cantores llegan a decir que la inquietante mirada del lobo contiene un vago resplandor de oro.

La campana de la iglesia era enorme, gruesa, de inmenso badajo. Cuando se tomó al nuevo campanero —delgaducho y bajito— los feligreses dudaban de su fortaleza para el oficio y fue sorpresa que debutando el día de Resurrección, volteó con facilidad la gran campana y aun aceleraba o reposaba el vuelo según le convenía al repique; y lo mismo hizo en todas las fiestas. Parece ser que el santo patrón de la parroquia se había comprometido con los santos de cada día para que le mandaran al escuálido campanero una ayuda con la mirada. ¡La fuerza de la mirada! De la mirada amiga, de la fraterna, de la compañera, de la solidaria, de la noble y fuerte, de la arrebatada… y así hasta llegar a la del amor.

Se puede tener la mirada más cara del mundo, la mirada enjoyada, la mirada a la moda Dior, la mirada de diseño, pero si no se tiene la del amor, nada vale. Una mirada de amor puede hacer viajar a un jardín llevándolo en las pupilas un hombre enamorado de su tierra, y en donde estaba el jardín quedaría una tierra yerma cubierta de pedregal; y el hoy maduro marino desterrado sigue conservando aquel jardín de su juventud en las rendijas de sus ojos que los resplandores del mar han abierto, año tras año.

Lo contrario a una mirada de amor es la mirada del basilisco. El basilisco es el animal más dañino de la Creación pues mata sólo con la mirada— no exclusivamente a los seres vivos, sino que es capaz de partir la piedra—. Únicamente no hace daño al emperador de Abisinia ya que, cantándole una antífona, el basilisco —guardián de su cámara secreta— se esconde y permanece quieto mientras el Rey de Reyes baja a ella para recoger la corona y el cetro con los que asiste a las procesiones de la Pascua florida.

 

Remedios curativos

En tiempos antiguos hubo tratamientos muy variados para curar los males de la vista; no existían las fábricas de medicamentos, ni los ópticos, ni los oculistas, ni las gafas, pero los magos se encargaron de inventar magias y los santos de hacer milagros.

Un mago disponía de un elixir cuya aplicación en gotas sobre los ojos de los caladores les permitía ver a siete leguas en derredor, con tal agudeza que se observaba el vuelo de una flecha o el lunar en la oreja de un caballo.

Un obispo venatorio aumentaba la capacidad de visión en los cazadores para permitirles ver perdiz entre matas al menos a mil varas castellanas —mediante el paso ante los ojos de una espinela— con tal precisión que distinguiría por las patas si la perdiz camuflada era del tipo común o blancal o pardilla.

La medicina creyó durante mucho tiempo que el comer perlas conservaba la vista, pero nada se dice si tal remedio era nocivo para las dentaduras. Estos tratamientos se fueron sustituyendo por ingesta de zanahorias —mucho más baratas, nutritivas y efectivas.

Juan de Bohemia era un rey ciego que fue a Francia a pelear contra los ingleses, en la guerra de los Cien Años, muriendo a manos del príncipe inglés quien en prueba de su victoria le arrebató las plumas de avestruz que lucía en su cimera. Antes de entrar en combate el rey se hizo frotar los ojos con hiel del pez del Tigris —remedio con el que el arcángel Rafael curó la ceguera del padre de Tobías, el del Antiguo Testamento—. ¿Qué es lo que más se valora de este hecho? Que Juan siendo ciego era el Rey y por tanto va al combate al frente de sus hombres. Que para dar ejemplo a sus huestes y destacarse ante el peligro no duda en aplicarse la hiel que desde hacía años guardaba, la cual no sólo podía estar caducada e inservible, sino que podría resultarle perjudicial y producirle dolorosas quemaduras. Que su lema alemán «Ich diem» era de entrega a los demás, «Yo sirvo», y no al contrario, «Yo soy servido». El príncipe inglés en cambio era cruel, según demostró en el combate, y ya por su sobrenombre se le reconocía como el príncipe Negro… genuino ejemplar de esa peculiar raza.

 

Bienhechores

Aparte de las artes y de los bálsamos antiguos, los ciegos tuvieron otros benefactores.

Un hada llegó a tener gran amistad con un ciego, al que regaló un bastón que le hablaba cuando el ciego iba a tropezar con algún obstáculo y también le regaló un pájaro —no era un lorito de repetición— que describía el país, las gentes y le leía libros; además para que el ciego pudiera verla, ella se hacía visible ante él. En este tiempo de descreídos en vez de bastones parlantes hay perros lazarillo, para describir al entorno están los abuelos y para leer libros acudimos a Braille.

Una gran piedra costera de las llamadas “habladoras”—contaba historias muy curiosas— era protectora de los vecinos que se le acercaban, a los que mantenía a salvo de los enemigos mientras la piedra hablase, pero si callaba se terminaba el derecho de asilo; no actuaba de igual modo con los ciegos —les tenía especial predilección— ya que con ellos no paraba de hablar a fin de darles total protección y dar tiempo a que llegase el socorro. Un furioso temporal marino destrozó a la piedra por lo que hubo que restaurarla con pegamento rápido, pero perdió la facultad de hablar con soltura y ahora sólo la oyen los ciegos que se acercan a ella, pero dicen que tartamudea un poco.

Los ciegos siempre fueron sagrados en los países celtas, pero hoy en día, debido a que los nuevos tiempos que corren no se quitan la boina ante nadie, resulta que a los ciegos —que están por encima de este mundo— no se les reconoce tal distinción, lo cual es como aplicarles una ley pagana.

 

Milagros

A lo largo de la historia se produjeron numerosos milagros que curaron la ceguera, ya descritos en el Antiguo y Nuevo Testamento. Hay otros que no son tan conocidos.

Una monja peregrinó a Compostela acompañando a una muchacha ciega para suplicar por ella al señor Santiago. En la catedral, de la mano derecha del entronado Apóstol salió una lucecita dorada que, como si fuera agua, la monja vertió en los ojos de la muchacha, quien recobró la vista y de negros se le volvieron dorados. Por este milagro la muchacha entró a profesar en una abadía en la que todavía se puede ver en el patio a un señor Santiago de piedra que derrama agua por la mano derecha.

Otro milagro de Santiago fue uno en el que le devolvió la vista a un ciego, quien como era muy avaro se dijo «ahora ya puedo ver mis monedas y buscarles un buen escondite». A la vista de ello el Apóstol le hizo otro milagro a la inversa, un contramilagro, y el avaro volvió a su ceguera. ¡Qué pena de hombre! Es como darles margaritas —valiosas perlas de la isla Margarita— a los cerdos.

Un varón, muy correspondido por sus vecinos, realizaba con los ciegos la mayor parte de su caridad —incluso el domingo de Resurrección sentaba su mesa a los ciegos pobres para que el Resucitado viese que por Él había caridad en el mundo—. Cuando murió a causa de una indigestión — de calamares en su tinta— lo portaron a la tumba siete ciegos, y veían como de día, hasta que con el difunto ya enterrado los ciegos perdieron de nuevo la vista. El benéfico vecino no debía de ser tan santo como se creía ya que sólo consiguió un milagro temporal en la vista de los porteadores unido a la consecuencia de que éstos tornasen el color de sus ojos a negro —similar a tinta de calamar.

Y cómo no va ser un milagro el que en las canciones que ellos oyen las imaginen a cada una de ellas con un rostro diferente. Una canción vestida de silvestres flores de junio —de las que disfrutan con niños pequeños y alegres en su derredor—, otra de aires de colores —a modo de palomas con las alas pintadas en variado cromatismo que tal parecería ver volar a un arco iris—, otra de olor a colonia —con fragancia de hierba recién cortada—, la de aquí de suaves caricias —tal las que recibe el confiado perro de su amo—, la de allá con la ingenua presencia del hada sonriente —dispuesta a otorgar sus gracias—, y todas, todas, envueltas en una componente de amor mezclada con música de laúdes —que es la que se oye en el Paraíso.

 

Famosos

En el mundo de los cuentos imaginarios también se encuentran ciegos famosos por distintas causas, buenas y malas, puesto que tanto en el mundo imaginario como en el real existe el mal como ausencia del bien.

Los celtas sabían que las visiones de los grandes hechos de los tiempos pasados daban la ceguera al visionario; pero también la visión perpetua del suceso.

Un tratante en lanas estuvo presente en la primera hora del Nacimiento del Niño y se quedó ciego en aquel momento. Cada vez que contaba su visita a Belén, veía, y las palabras de su boca se hacían luminosas en el aire, y si era de noche todos veían como si fuese mediodía; cuando terminaba el relato volvía a ciego y se hacía la oscuridad. Cuando era preguntado, contestaba que los Reyes Magos no se quedaron ciegos porque eran magos y supieron evitar la luz que desprendía el Niño Dios; igual que María y José, por ser santos y padres; los animales tampoco resultaron afectados al no mirar directamente a Jesús y además por tener entrecerrados sus gruesos párpados protectores; los ángeles que cantaban no tuvieron ese problema en la vista por ser espíritus puros y los pastorcillos ni se enteraron debido a que estaban entremezclados con los rebaños berreando villancicos a grito pelado con los ojos cerrados. La luz que brotaba del cuerpo del Niño era tal como si en las pajas se hubiese posado una estrella.

 

Ilusionados

El ser invidente no implica estar sin hacer nada o pasar todo el día sentado oyendo música o leyendo libros adaptados o comiendo pipas.

Un joven ciego se ganaba la vida vendiendo a las gentes los sueños que estos deseaban. Vendía hermosos sueños y el comprador tendría ya toda la vida, como un sueño propio, el sueño comprado: sueños con guerras y victorias, con inmensas riquezas, con países que no existen, con amores apasionados, con magníficas heladerías, con interesantes partidos de fútbol… ¡Qué maravilla poseer un sueño a la medida de tu imaginario gusto —hecho a medida!

Un oficial de anteojo de las atalayas del rey de España —especialista en física óptica y encargado de dar los planetas a las naves— estaba tan metido en el estudio de su ciencia que se quedó ciego, con diagnóstico de que toda su parte ocular la había gastado en aplicación al catalejo, primero en un ojo que lo dejó tuerto y luego en el otro, que lo remató. Era tan cumplidor y profesional que nunca pidió la baja por enfermedad, ni reconocimiento de inutilidad, ni vacaciones de verano. Al quedarse ciego tuvo que abandonar el trabajo encontrando ocupación en la confección de horóscopos para las revistas del corazón.

 

Agraviadores

También existen factores y entes maléficos a evitar. El emperador de Saba tenía un tesoro que sólo él podía mirar, pues los demás cegaban con la luz que destellaba; cuando el archipámpano cambiaba el tesoro de lugar o quería volverlo a contar, avisaba para que todos sus súbditos se tapasen los ojos. El descendiente del rey Salomón llamaba al tesoro y éste venía como un perro a echarse junto a sus pies.

En los bosques de castaños en Galicia conviven dos duendes malos, mejor dicho, son malos para los ojos. Uno se llama Ollotolo quien está entre las ramas de los árboles y si las gentes hacen una fiesta de magosto en el bosque tira desde el árbol las castañas al fuego —sin pellizcarlas para que estallen— y le lleve un ojo a alguno de los presentes. El otro duende es Chinchaollo quien vive en el erizo vacío de la castaña y cuando la recolección de las castañas si a un vareador le viene un erizo al ojo y se le clava, es el duende quien al sentir el vareo próximo — y siendo de lento caminar— logra mandar el erizo al vareador y mientras lo atienden tiene tiempo para buscar un nuevo refugio.

 

Curiosidades

Como epílogo de este trabajo oftalmológico se ofrecen al lector algunas curiosidades.

En Bizancio era de buen tono que la novia tuviese durante toda la ceremonia matrimonial los ojos cerrados. Algunas los mantenían cerrados incluso hasta el día siguiente de la boda.

Un pendolista de los reyes Austria españoles conocía una cifra secreta que le permitía escribir en la oscuridad, tanto con fina letra de lápida a la manera antigua, como con brillantes signos para las misivas reales o con caracteres humanos para el trato administrativo y cotidiano.

Uno de los quitasoles del obispado de Córdoba —debidamente exorcistado ya que es de lo más fácil transformarlo en un objeto gafe— tenía la propiedad de que abriéndolo en la noche oscura, el que iba debajo veía como si fuera de día, toda la ciencia estaba en la disposición de sus catorce varillas.

Aquellas personas a las que les salpicó en los ojos el agua del bautismo no pueden ver cosas ocultas, porque es sabido que el bautizo ahuyenta a los malos espíritus que habían tomado posesión de los cuerpos de las criaturas —antes de bautizarlas.

A los albinos se les cree descendientes del mar y en lo submarino ven mucho mejor que los otros mortales, del mismo modo que el oro perdido lo ven fácilmente aun en las noches sin luna —incluso si está tapado—; mas en justa correspondencia, no pueden echar el mal de ojo.

 

Despedida

Con este trabajo se pretende dar la visión de los amados ciegos siguiendo las pautas del inefable Álvaro Cunqueiro, el cual iluminó al autor durante la realización de la obra; el maestro linceaba sobre mi hombro a los personajes con sus gafas de ver —las cuales eran graduadas anualmente a la hora del alba en los primeros días de otoño— con la contemplación de las grandes manchas rojas y doradas en su vecino bosque mindoniense de Silva.

Aquí se concluye y da fin: Dominus vobiscum

 

 

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